Croacia, el Mediterráneo de antaño
Latina y eslava
Es cierto que Croacia, antigua nación aunque joven Estado, situada entre el Mediterráneo y Europa central, nació con dolor, pero su forma de herradura es como un talismán para el viajero afortunado que la descubre. Croacia, a la vez romana, bizantina, veneciana, con influencias húngaras y habsburguesas, es un mosaico de culturas latinas y eslavas, un país cuyas ciudades recuerdan a Venecia, Viena y Constantinopla. El folclore y la gastronomía obedecen a esta misma dualidad: No es extraño escuchar en Split cantos de marinos dálmatas que evocan las polifonías corsas. Se cocina con aceite de oliva, el jamón recuerda al serrano, el salchichón no tiene nada que envidiarle al salami húngaro, mientras que los dulces con miel nos transportan a Estambul.
La Dalmacia
La Dalmacia, una región mediterránea de las más pobladas en la época romana, nos ha dejado valiosos legados como palacios y casas antiguas, el cultivo del vino y el alfabeto latino. De la era veneciana (siglos XI-XVIII), la costa y las islas conservan una hermosa herencia artística y arquitectónica, símbolo de un Renacimiento triunfal y conquistador, y así es como en Korcula, Trogir o incluso en Sibenik, el león de San Marcos parece vigilar un patrimonio preservado.
Dubrovnik: la antigua Ragusa es una bella iniciación del viaje, con sus monasterios, palacios y fuentes del Renacimiento, que rivalizan en el corazón de las murallas y que recuerdan cuánto tuvo que luchar esta codiciada potencia marítima por su independencia.
Split: uno de los principales atractivos de la ciudad más grande de Dalmacia es su palacio, donde Diocleciano, un simple soldado que se convirtió en emperador, eligió acabar sus días después de su abdicación en el año 305 d.C.
Sibenik: esta apacible ciudad, con una ubicación privilegiada junto a las islas Kornati, se beneficia de un ambiente particular gracias a su catedral, proeza técnica de líneas puras totalmente realizada en piedra.
Las islas: el litoral dálmata se extiende en un macizo montañoso y un conjunto de islas, que aportan un toque verdoso en medio de un mar tan azul que parece salido de la paleta de un pintor.
En Vis, el tiempo parece detenerse y no sin motivo ya que de 1945 a 1989, la isla más alejada del continente y más cercana de las aguas territoriales italianas, sirvió como base naval al ejército yugoslavo. Su acceso estaba prohibido para los extranjeros y sus habitantes, condenados a la autarquía, han conservado el modo de vida de sus ancestros: la pesca y el cultivo de viñedos. En primavera, la isla de Hvar se cubre de lavanda. La ciudad de Hvar está construida alrededor de un encantador puerto. Ha conservado su estructura medieval pero en verano, no tiene nada que envidiar al bullicio de la Costa Azul: las terrazas y paseos son los lugares preferidos por los turistas. Un viento suave penetra en las callejuelas de Korcula. El buen clima favorece el cultivo de viñedos en las colinas de los alrededores… tal serenidad no puede hacernos olvidar la agitación del pasado: del eterno conflicto entre cristianos y turcos, los isleños han creado una fascinante danza de espadas: la Moreska. Según la leyenda, a su regreso de la guerra de Troya, Ulises, hechizado por la ninfa Calipso, habría permanecido siete años en Mljet. En la actualidad, el hechizo continúa: En el corazón del Parque Natural de Mljet, sobre el islote de Santa María, que parece flotar sobre el lago Veliko Jezero, los benedictinos construyeron un convento de líneas puras, oculto bajo una vegetación exuberante. “Me gusta esta ciudad porque se parece a un barco. Un puente la amarra a tierra firme y otro a la isla de Ciovo. Los tres campanarios que existen en la misma la asemejan a una fragata". Así es como el escritor A. T. Serstevens describe Trogir, joya arquitectónica que transporta al visitante a tres siglos atrás.
Una escala en Montenegro: Kotor
La navegación en las bocas de Kotor es un espectáculo insólito: podríamos creernos perdidos en algunos fiordos y, sin embargo, es el Mar Adriático quien viene aquí a desvanecerse en amplias extensiones de agua clara con bellísimos acantilados. Kotor, guarecida en el fondo de una bahía, posee el encanto de las ciudades meridionales y balcánicas: es muy agradable pasear en sus calles protegidas del sol o sumergirse en la historia durante una visita al Museo Marítimo o a la catedral románica. La ciudad, fortificada desde la Edad Media, fue una de las Ciudades-Estados dálmatas más influyentes durante aquel período, antes de pertenecer a Bulgaria y posteriormente a Serbia. Gracias a su flota comercial y a los fructuosos intercambios que mantenía con Dubrovnik y Venecia, la ciudad disfrutó de una época de esplendor en la que se construyeron numerosos palacios, aún visibles en la actualidad.


